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7 enero 2015

Teacher

Filed under: Sin categoría — malísima @ 19:06

Y cuando menos lo esperaba, pasó. Y fue mi momento. Mi momentazo.

Todo el mundo esperándole a él. Que dijera algo, que desmintiera, que dimitiera y me prefirió a mi. Mis gracietas. Mis anécdotas y mi profesionalidad. Sumidos en la vorágine televisiva y yo le mandaba algún mensaje de ánimo. Unas veces contestaba y otras, no. Llegué a encriptar algún wassap y él los entendía. Un miércoles de diciembre, recibí un mensaje de mi querido profesor: “puedo invitarte a comer, Mamen? Es una consulta fiscal”. Le tuve que contestar que no, que tenía a los niños conmigo y lo postergué para el día siguiente. Estaba en la piscina y, en la vida he nadado tan rápido: de la emoción, del miedo, del por qué a mí, por qué ahora. Vi fantasmas y los hundi en el agua, vi sueños y los dejé flotando en mis brazadas.

Al día siguiente esperé los mensajes que no llegaban y por último, una cita en un japonés. Me vestí de “desnovia” nuevamente. Traje cruzado estampado y chaqueta corta. Iba echa un manojillo de nervios y llegué puntual. Esperé en la puerta y avisé de mi llegada. Cuando paró el coche oficial en la puerta, el corazón se me saltó a la boca. Verle bajar con las facciones serias pero con un brillo en los ojos y respiré tranquila. Dos besos y una pequeña regañina: “con el frío que hace, haber esperado dentro”. No teníamos reserva y pasamos. Sentí como absolutamente todo el mundo nos miraba cuando seguíamos al metre.

Nos sentamos al final del restaurante, casi en el baño. Empezamos a hablar y todo fluyó y fluyó. Conmigo, reía. Se relajó. Me escuchaba con la atención que siempre me ha prestado. Le conté historias de espías, de política, de viajes de familias monoparentales, de facturas ridículas, de trabajos pésimos. Le hablé de novios canallas, de niños que crecen, de maridos malos. Le conté lo que opinaba yo de su propia historia y sólo sonrió. Comimos encantados. Me partió hasta un trozo de tempura con sus palillos y sentí una ternura tremenda.

Venía la camarera y noté cómo quería demorar el momento de dejar de servirnos. Estaba interesada en lo que comentábamos y yo hablaba sin remordimiento y sin medir mis palabras, con lo que, salían nombres y domicilios con lo que quedaba claro que mi acompañante era el que era y era al que perseguían en todas las televisiones.

Cuando ya pensábamos que estaban servidas todas las viandas, apareció un plato enorme que había recomendado el metre. Salté en carcajadas y le dije: “ves, Jaime, te lía todo el mundo”. Me contestó con una sonrisa: “sí, no?, me lía todo el mundo…” La comida terminó en una hora y media exacta. Como un resorte. Me contó lo que necesitaba en los últimos platos y prometió verme al día siguiente.

En la hora de la sobremesa del viernes apareció a traerme unos papeles. Le vi sentado en mi salón y me tenía que pellizcar para sentir que no soñaba. Llegaba la hora de recoger a los niños y me dolía enormemente terminar ese momento. Apuré llamando a una vecina para que fuera ella a recogerles y yo prometí bajarle los bocadillos en unos minutos. Al final, mi admirado profesor dijo que se marchaba a la vez. Bajamos juntos en el ascensor y me moría por darle un abrazo, por hacerle sentir que le entendía, que se relajara pero, ese día, ya no sonrió sino sólo al despedirse. Los dos besos ante mi portero fueron más que observados: el pobre conserje no daba crédito. Mi vecina sonreía en la distancia y ha sido mi salvaguarda: “que sí, que lo he visto, que me lo cuentas y digo que estás loca, pero lo he visto, querida, lo he visto. Y cuando le deje la mujer, -que lo dejará-, que sepas que te pega muchísimo…”

Sigo teniendo sus papeles. No ha vuelto por ellos y ya no sé más. Una felicitación navideña llamándome “SuperMamen” y ya no más…Los sueños se cumplen. Mi comida en el japo ha sido de lo más bonito que me ha pasado en mi vida.

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